domingo 22 de noviembre de 2009

De Juarroz, un poco

Ya casi no leo poesía. No me gusta, no me entusiasma. Sin embargo, cuando me encuentro con los autores que alguna vez leí y releí y siento como si los redescubriera y me dan ganas de compartirlos con más gente.

Aquí va esto.

8 - X

Pensar es una incomprensible insistencia,
algo así como alargar el perfume de la rosa
o perforar agujeros de luz
en un costado de tiniebla.

Y es también trasbordar algo
en insensata maniobra
desde un barco inconmoviblemente hundido
a una navegación sin barco.

Pensar es insistir
en una soledad sin retorno

Roberto Juarroz

Poesía Vertical

Tren N - Otro tren, otra historia

El metro de Madrid no es diferente a otros metros a los que he subido. Lleno de gente que va o viene del trabajo, turistas, personas corrientes, artistas más o menos talentosos, pedigüeños... lo que sí es que el metro de Madrid apesta con frecuencia.

Esta tarde de viernes se sube un chico jóven... la cara desfigurada por quemaduras... las manos inútiles que terminan en una especie de patas de pato en lugar de manos.

Pide dinero en un lamento. ¡Por favor! ¡Por favor!

Pero es tan difícil mirarlo.

Insiste, ¡por favor!, ¡por favor! Y siento que yo y toda mi humanidad (mi carácter humanitario) se desintegran cuando se acerca y me ofende con su pestilente olor.

Nuestros ojos se encuentran por un segundo y un corrientazo de miedo recorre mi espalda.

Soy despreciable porque este ser humano, un ser humano igual a mí, me da miedo... miedo de verdad.

Luego se abre la puerta y el chico se baja sin haber recibido ni una sola moneda.

Y me da pena.

Pena por él, porque sé que está incapacitado, que no sé para qué utilizará lo que le den, pero está claro que no puede trabajar.

Y pena por mí, porque sé que en lo más profundo de mi corazón, el poder del miedo ha sido hoy mucho más grande que el de la generosidad.

sábado 10 de octubre de 2009

2012

"Nuestro mundo de odio y materialismo terminará el sábado 22 de diciembre del año 2012"
Primera profecía Maya

Eso me gustaría, sí señor, que explotara la tierra entera y no quedara ni un solo ser vivo en todo el planeta. Eso evitaría mi sufrimiento ante la muerte de un ser querido, o que las personas que me quieren sufran por mi desaparición. Si morimos todos es como si nadie hubiera muerto.

Es más, ojalá todo sea repentino, que no nos enteremos, que en nuestro desconocimiento de que estamos muertos creamos todos que estamos vivos, entonces cambien poco las cosas.

Seguro habrá personas con almas más evolucionadas que sabrán que estamos todos muertos, pero las juzgaremos de locas y las encerraremos en instituciones aptas para quienes no saben lo que dicen, o las dejaremos que se pudran en las calles, o simplemente terminarán creyendo que no saben nada y se acoplarán al sueño colectivo de que no ha pasado nada.

Seguiremos la vida como si nada. La vida dentro de la dimensión de la muerte tendrá el mismo color y querremos desaparecer.

Solo entonces nos daremos cuenta de que ya estamos muertos.

viernes 9 de octubre de 2009

En la cueva

Ella le baila a su gitano.

Hay unas seis personas más en la cueva, pero a ella eso le da igual.

A él no le importa que a ella le falte un diente, ni que la tripa se le escape por el borde de una camiseta demasiado pegada y extremadamente corta, ni que las plantas de sus pies, ahora descalzos, se descubran de un color negro mate.

Él la acompaña con las palmas, la mira, la alienta, la ríe.

Y ella es hermosa con su elipsis en los dientes y sus leggins apretados y su pancita afuera.

Ve a su gitano, no aguanta la tentación de ir a besarlo, le planta un beso sin parar de bailar y vuelve al ruedo donde es reina llevando el ritmo con las palmas... ¡anda! clap, clap, clap ¡anda! carracachá cachá, clap, clap.

viernes 18 de septiembre de 2009

El piso II

Esa noche, la noche en que transcribí el cuento El piso pasaron cosas extrañas.

La primera de ellas fue en el momento en que, sentada frente a la computadora, pasaba una a una las palabras que había escrito en una Moleskine.

En el relato original había olvidado completamente el nombre de la mujer. En realidad no recordaba para nada haber asociado a la persona que firmaba gran cantidad de los cuadros que había en el apartamento con su antigua habitante, es decir, no le había puesto nombre a la persona, aunque rostro sí tenía... me lo había mostrado en las fotos varias veces.

Es curioso como las palabras lo hacen todo mucho más real.

Luego estaba el asunto de las fotos del piso. Había tomado algunas para mostrarle a Pedro los avances iniciales, pero además de eso, nada más.

Esa noche, Leo me había pedido fotos, así que decidí tomar unas nuevas. En las impresiones (es un decir, porque eran 100% digitales) salían unas bolas de luz que, hacía muy poco, me había enterado que se llamaban orbes y que se trataban al menos de energía.

Esa noche mi miedosa alma no pudo descansar.

No es que pasara nada, es que la persona tenía un nombre y el nombre hounted me con una insistencia agobiante.

Al final me dormí.

Al día siguiente el piso seguía siendo mi piso nuevo, no había fantasmales huellas ni poltergeist ni nada por el estilo, cada día es más mi hogar.

Las noches, como las sombras y las malas intenciones, pueden ser engañosas.

miércoles 9 de septiembre de 2009

El piso

No deja de ser irónico que me tocara justamente a mí (tan miedosa y tan obsesionada con lo pasajero, con el instante) mudarme a ese apartamento sola.

Cuando fuimos a verlo, desesperados como estábamos, todo nos pareció en su lugar. Que limpiarían, nos dijeron. Que quitarían todas las cosas personales... y lo hicieron; pero desde el día en que me dieron las llaves y empecé a llevar las cosas, la idea se había afianzado bastante más.

Pedro lo había comentado antes de irse. Pareciera que la persona que vivía ahí se hubiera muerto, dijo. Él le había puesto palabras a un pensamiento que a mí me rondo por la cabeza, pero que me negaba a verbalizar, a hacerlo realidad.

Si pienso en retrospectiva, como en una película donde cuando se nos revela el final empezamos a atar los cabos y lo vemos todo clarísimo, esto estaba raro desde el principio: el cepillo de dientes aún en el vaso, los pinceles acumulando polvo en la mesita, muchos cuadros, retratos, fotos... nadie sale de su casa dejando tantas cosas atrás. Nadie que planee volver, en todo caso.

Cuando fui la primera vez como inquilina oficial, la chica estaba todavía sacando una cantidad impresionante de bolsas de basura. Habían limpiado bastante, es cierto, pero las paredes seguían albergando fotos de la habitante anterior: la mujer en egipto con una esfinge atrás; la mujer en Italia con la torre inclinada de Pisa; la mujer en un lugar que no identifico. Un retrato. Cuadros de paisajes, cuadros gigantes, fotos de un perro, cuadros de estilo impresionista pintados por ella. Pilar, estaban firmados muchos de los lienzos.

Los fui bajando uno a uno y buscándoles un lugar. Saqué las alfombras, solo el mobiliario grande quedaría en esta casa.

Cada vez que me tocaba guardar un plato pensaba en ella, en Pilar. ¿Quién sería esa mujer? En una gaveta de la cocina quedaron algunas medicinas con las instrucciones de toma escritas en la caja... 1 en la noche, antes de dormir... 1 después del almuerzo... tenía la sensación de estar entremetiéndome en los efectos personales de un muerto que no me dolía en lo absoluto.

Nada personal me ataba a ella. Podía pensar, mientras guardaba la vajilla en una vitrina del salón, ¿qué haría esta mujer con tantos platos? O mientras desarmaba al máximo una lámpara dorado con vinotinto ¡Pero qué mal gusto!

No ha aparecido el fantasma aún. Tal vez no se ha enterado y sigue donde estaba al momento de morir, en un instante único que se repite y se repite y se repite.

O está aquí y no dice nada.

Yo con eso me conformo.

viernes 28 de agosto de 2009

Columpio

El niñito lee sentado en el columpio. No se balancea, no despega los pies del piso, solo lee. Concentradísimo.

La niñita llega dando brinquitos que hacen que las dos colitas suban y bajen dándole un aire más infantil. Va directo al columpio que está al lado del del niño que lee. Ella lo mira con detenimiento. ¡Está leyendo! –parece pensar– pero, ¿en un columpio?.

La chiquilla hace caso omiso al lector. No se preocupa por saber qué lee. Ha venido, saltandito, a lo que ha venido, a balancerase hasta el cielo en el columpio.

Aunque no parezca, el niño ya no puede leer con la misma concentración, si lo miras bien, te darás cuenta que de reojo quiere balancerse así de alto... pero desde esa posición de intelectual ¿cómo se hace?